No tengas miedo de caer en la trivialidad
6/20/2026
Mi amigo Mel es generoso, buena persona, un tipo interesante. Muy leído. Muy viajado. Pero tiene una tendencia que hace que a la mayoría le caiga mal: siempre quiere demostrar, desde la primera frase, que es una persona culta, profunda y original.
Casi nadie le da una segunda oportunidad.
Has querido lucirte, y aquí no nos gustan los chulos.
Eso es lo que dicen —a veces con palabras, casi siempre con la postura— quienes coinciden con él.
El problema no es exclusivo de Mel, por supuesto.
Mucha gente que inicia una nueva conversación no busca conectar, sino impresionar. Necesita que la otra persona perciba que posee una visión del mundo distinta, sofisticada, elevada con respecto a nosotros, pobres humanos lamentables.
Por eso, en cuanto encuentra una oportunidad, lanza una reflexión filosófica, una referencia literaria, un dato técnico o una opinión robada del monólogo de Carlos Alsina.
El problema es que casi nunca funciona.
O, siendo justos, funciona mucho peor de lo que creen.
Antes de que alguien quiera saber lo que piensas sobre la conciencia, la economía mundial o la decadencia de Europa, necesita saber si se siente cómodo contigo. Necesita percibir que eres una persona accesible, amable y segura. Alguien con quien merece la pena compartir unos minutos.
Y para eso las trivialidades cumplen una función extraordinaria.
Hablar del tiempo, de lo difícil que es madrugar, de lo rápido que pasa la semana o de cualquier pequeña experiencia cotidiana suele estar injustamente despreciado. Muchos consideran estas conversaciones superficiales, casi una pérdida de tiempo. Sin embargo, cumplen una misión esencial: crear un terreno común.
Las personas conectan cuando descubren similitudes.
Este tipo se parece a mí.
Esta tipa me recuerda a mi hermana.
Bien. Conseguido.
Quienes más se esfuerzan por parecer inteligentes suelen producir el efecto contrario al que desean. En lugar de admiración, generan distancia. En lugar de interés, provocan cansancio.
No confundamos las cosas: la inteligencia auténtica suele ser atractiva. Lo que resulta incómodo es la necesidad constante de exhibirla.
Una persona verdaderamente inteligente puede hablar durante diez minutos sobre asuntos completamente cotidianos sin sentir que pierde prestigio. No necesita demostrar nada. Sabe que su valor no depende de impresionar a desconocidos cada vez que abre la boca.
Quien necesita parecer brillante a toda costa suele transmitir inseguridad, aunque no sea consciente de ello.
La mayoría de los posibles interlocutores con los que nos vamos a cruzar a lo largo de la vida no va a prestar demasiada atención a la calidad intelectual de cada frase que pronunciamos. Pero sí se va a fijar en si somos amables, si escuchamos, si mostramos interés. Si sabemos reírnos y transmitir energía positiva, gran parte del trabajo estará hecho.
Ahora bien, esto tampoco significa que debamos instalarnos para siempre en la banalidad. Con frecuencia, quienes no dicen más que gilipolleces son simplemente gilipollas. Punto.
Primero se evalúa a la persona. Después se evalúan las ideas. Y ahí, si la conversación lo permite, también conviene estar a la altura.
Tres puntos fundamentales para iniciar conversaciones
Es más importante conectar que impresionar.
Una conversación no es una competición.
Escuchar suele ser más importante —y más poderoso— que hablar.
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